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Negocios

Por la crisis, 2 millones de personas trabajan en la "economía de la changa": ¿fin del salario?

Ser empleado no es lo que era. Los intermediarios tecnológicos —plataformas que se ufanan de unir oferta y demanda, con especial hincapié en presentar una interfase amigable—patearon el tablero: en un mundo que premia la agilidad y la flexibilidad, los freelancers son las estrellas. Luces y sombras de un modelo que, guste o no, llegó para quedarse. 

Por FLORENCIA PULLA - 20 de Marzo 2019
Por la crisis, 2 millones de personas trabajan en la "economía de la changa": ¿fin del salario?

El miedo apocalíptico de un ejército de robots puestos al servicio de una línea de montaje infinita mutó a otro, quizás más real: las máquinas no vinieron por nuestro trabajo pero sí por nuestra estabilidad laboral. En los últimos cinco años, el mundo del trabajo se vio sacudido por un nuevo modelo: el de la “Gig Economy” o, en términos más argentos, una “economía de las changas”.

¿La premisa? Que la oferta y la demanda se encuentren a través de una aplicación o una plataforma web. A cambio, las apps cobran una comisión y se encargan de centralizar esfuerzos de pago y de servicio al cliente, generando una experiencia placentera para el usuario que lo elige por sus esfuerzos. En este nuevo esquema quienes prestan los servicios no son empleados de la plataforma sino “socios”; las startups detrás de las implementaciones tecnológicas se llaman a sí mismas “intermediarios tecnológicos”. Eufemismos y nuevas definiciones que lograron cambiar, en poco tiempo, el paradigma laboral en las grandes ciudades. 

Hoy, 60 millones de personas son empleadas por la “Gig Economy” en la principal economía del mundo y el número podría crecer en los próximos 10 años: la plataforma de trabajo freelance UpWork estimó que 50 por ciento de la fuerza de trabajo estadounidense  dependerá de las empresas de la nueva economía hacia 2027, unas 90 millones de personas. En la Argentina, los números son esquivos. El Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) está elaborando un informe al respecto que, confirmaron a Infotechnology, verá la luz a finales de este año.

Por lo pronto, 1,7 millones es la cifra clave: es la cantidad de “freelancers” que existen en el país según la plataforma Workana. Muchos de ellos se hicieron visibles en los últimos meses con el desembarco de empresas de delivery puerta a puerta: las cajas de colores ya forman parte del panorama porteño y también del de otras ciudades en donde servicios como Rappi, Glovo, PedidosYa y Uber Eats están disponibles. 

US$1.400 billones es la cantidad de dinero que ingresan a la economía estadounidense gracias a las plataformas digitales, con Uber y AirBnB a la cabeza.

Estas startups y otras del segmento aprendieron rápido los beneficios de esta flexibilización del trabajo: una reducción de costos asociada a la mano de obra, más agilidad en la conformación de equipos para alcanzar objetivos rápidamente y mayor exposición a los fondos de VC que ven en estas plataformas tecnológicas la solución a problemas de todos los días: desde tomarse un taxi hasta diseñar un logo.

Juntas, contribuyen a la generación de US$ 1.400 billones a la economía estadounidense. No por nada Rappi se convirtió en el primer “unicornio” colombiano: su última ronda de financiación puso su valuación por encima de los US$ 1.000 millones

No todos son casos de éxito —copycats los hay y a montones— pero todos quieren desarrollar un modelo de negocios similar al de la compañía que dejó de ser startup para convertirse en verbo: Uber. Pero a pesar de contar con una fuerza de trabajo cada vez más dispuesta a autoemplearse, las nuevas compañías enfrentan nuevos desafíos: regulatorios y competitivos. 

Un problema millennial

La tendencia del autoempleo no es nueva. Desde los 90 el subempleo se ha convertido, cada vez más, en una realidad para millones de personas ingresando al mercado laboral. La tendencia se agudizó después de la crisis de 2008 en todo el mundo, con un pico de desempleo que llegó al 10 por ciento en los Estados Unidos ese año. La consecuencia se vivió en el bolsillo: las personas empleadas se encontraron con salarios más bajos, menos capacidad de ahorro y más deuda. En este contexto, los empleos temporales cobraron especial relevancia. Dicho de otro modo: a caballo regalado no se le miran los dientes. 

Pero hay otras explicaciones. “Estamos en el medio de la cuarta revolución industrial; vivimos tiempos en los que la automatización es la norma y el futuro del trabajo va a depender, en gran medida, de los trabajadores autónomos con valor agregado; ahí hay un cambio de paradigma brutal porque implica que nosotros no vamos más al trabajo sino que el trabajo viene con nosotros”, explica Alejandro Melamed, fundador de Humanize Consulting y experto en Recursos Humanos 2.0

Parece ir a la par de lo que expresan desde plataformas de trabajo freelance. Workana es una startup argentina fundada por Tomás O’Farrell y Guillermo Bracciaforte en 2015. Hoy tienen 300.000 freelancers que consiguen 30.000 “gigs” en su plataforma todos los meses aunque enfocados, principalmente, en trabajos calificados como los de programadores o diseñadores gráficos. Bracciaforte explica que, a contramano de la flexibilización con la que se asocia a los trabajadores autónomos, “las nuevas generaciones son las que empezaron a impulsar el cambio; no quieren marcar tarjeta”. Se refiere puntualmente a los millennials —esa generación de jóvenes que nacieron entre 1980 y 1994— y los diferentes criterios que utilizan a la hora unirse, o no, a una empresa.

“La tecnología hoy nos ayuda, con mejor software y mejores herramientas de comunicación, a poder trabajar desde donde sea sin cumplir horario. Si vivo en Tandil capaz no me quiero ir a Buenos Aires, perder calidad de vida, para tener mi gran oportunidad. Las empresas están cambiando también a un modelo de contrataciones más flexibles, con trabajo remoto”, cuenta.

El “unicornio” Alec Oxenford, que fundó OLX hace 2006 y vendió sucesivamente al grupo Naspers, se dedica hace dos años a un nuevo emprendimiento que encuentra en los millennials a su público más activo. Letgo es un marketplace de usados y Oxenford es una especie de evangelizador de su uso. La startup recibió este año US$ 500 millones adicionales de financiamiento para seguir impulsando su modelo de negocios en el mundo.

Piensa, además, que la idea de hacerse de dinero rápido utilizando aplicaciones ad hoc es buena para aquellos que no encuentran su lugar en la economía formal. “Si mañana te reemplaza un robot, no se crea de la nada un nuevo servicio que emplea a nueve personas. Entonces hay que ponerse creativos. El Estado tiene un rol natural pero la proactividad es muy importante y los millennials entienden bien eso: tienen necesidades de dinero entonces venden cosas que ya no usan para salir a divertirse. Muchos lo convierten en un empleo.” 

El concepto de que el trabajo cambió pero que también cambió lo que la gente quiere del trabajo encuentra algunas resistencias. Elena Paoloni trabaja en publicidad hace 12 años. Durante cuatro, vivió 100 por ciento del freelanceo; ahora, tiene un trabajo part-time y otros tres trabajos freelance que complementan su ingreso. “Nadie quiere morir adentro de la oficina haciendo rico a su jefe —comenta, frustrada—, pero la idea de que preferimos la libertad a la estabilidad de un trabajo es falsa. Ser freelancer acá no es como en otros lugares del mundo; no somos un diseñador gráfico en Brooklyn.

Los trabajos que más sirven, los que tienen fees fijos por mes, no te permiten tomarte vacaciones, por ejemplo. Trabajé 18 meses ininterrumpidos para un cliente y me dijo que había hecho incumplimiento de contrato por tomarme 15 días. Me hice freelancer porque quería tener más calidad de vida y la tenés porque no te contaminás la cabeza con cosas de oficina. Pero la irracionalidad de la gente que te da trabajo es la misma que la de un jefe tradicional. Ganás porque te autogestionás y perdés por lo mismo. En contexto de crisis económica bajan los fees, baja el trabajo y los gastos son cada vez mayores. Los clientes muchas veces no creen en los ajustes porque no te consideran un empleado. Cuando hay bonanza y plata es diferente. Hoy, entrás a una relación laboral laxa en donde no hay reglas claras. Es, a veces, una relación perversa. No es romántico.” 

“El Estado tiene un rol natural, pero es importante la proactividad y los millennials entienden eso.” -- Alex Oxenford.

Las estadísticas le dan la razón. Un estudio de EY sobre nuevos trabajos relevó los deseos de los millennials en esta nueva economía. Para 60 por ciento de ellos la “economía de las changas” no es una opción; solo 24 por ciento de los encuestados dijo estar ganando dinero utilizando esta clase de plataformas. Al final, los millennials no son tan diferentes a sus padres. “La flexibilidad implica un grado de madurez y de compromiso que es muy alto —concuerda Melamed—. Si es traumático o no depende de la persona. Hay que aceptar que las organizaciones del futuro van a ir por ese lado.” 

Un modelo redondo

El modelo de negocios de las nuevas startups de la “Gig Economy” no admite atomización: la concentración es la norma y gana quien tenga la mayor billetera para expandir su negocio de manera agresiva.

En la Argentina, la “uberización” del trabajo encuentra en el segmento del transporte y el delivery de comida a sus ejemplos más sobresalientes. Rappi, Glovo, PedidosYa y también Uber y Cabify son ejemplos de esta tendencia; intermediarios tecnológicos que invierten fuertemente en la User Experience de sus plataformas y en una atención al cliente que les permita robarse marketshare. En esta pelea quien llega primero tiene ventajas, pero quien llega mejor se queda con una porción más grande de la torta: la satisfacción del usuario tiene que ser total, su “viaje” dentro de la plataforma sin sobresaltos. 

Algo de eso aprendió Uber, la empresa que dejó de ser startup para convertirse en verbo: cuando se habla en círculos académicos de la “economía de las changas” también se la llama “uberización”. En la Argentina, el desembarco de la compañía tuvo sus tropiezos: llegó en 2016 a Buenos Aires, la ciudad con más licencias de taxis del mundo, y se encontró rápidamente con la resistencia del gobierno porteño y de los sindicatos de la actividad. De la experiencia aprendieron una cosa o dos: cuando tuvieron que llegar a otras ciudades del país su actitud fue más conciliatoria y menos agresiva. Su billetera le permite estas transgresiones: previo a su Oferta Pública Inicial (OPI) que, se estima, podría darse el año que viene, su valor de mercado asciende a los US$ 40.000 millones, la startup más valiosa de todo Sillicon Valley.

Hoy, en el país, su situación es un gris legal del que no parece poder escapar. Aun así, “billetera mata Larreta”: la compañía que en el país dirige Mariano Otero considera como inversión indirecta cualquier tipo de pérdida operativa, incluidos los viajes que se pagan en efectivo que hoy quedan, en gran parte, en el bolsillo del chofer.

300.000 freelancers trabajan en la plataforma Workana y consiguen 30.000 “gigs” todos los meses. 

“Cometimos errores cuando llegamos acá —reconoce Otero— pero si no lanzábamos la discusión no iba a empezar a darse nunca; así funcionan los procesos políticos.” 
En el país todavía no hay casos de litigio de choferes de Uber que busquen pasar de ser trabajadores autónomos a empleados en relación de dependencia de la compañía, una situación que Uber sí vivió en otros mercados. Quizás tenga que ver con el perfil de “socios”: 60 por ciento lo usa, hoy, para complementar su ingreso y no como trabajo full-time.

“En la región, 50 por ciento de la población económicamente activa está fuera del mercado laboral, o subempleada o directamente en negro y la economía formal no tiene una respuesta para esa clase de perfiles. La flexibilidad va a ser parte del trabajo del futuro, pero se tiene que dar en un contexto en el que las personas tengan mayores protecciones. El mercado tiene que estar a la altura”, reconoce Otero, cuyo objetivo final es lograr aunar voluntades para conseguir un cambio en la legislación. Competencia tienen pero concentran esfuerzos: el rival, reconoce, hoy no está en otros servicios de car-sharing. 

Otra situación es la de los servicios de delivery. Legales y con el dinero fresco de VC pisaron fuerte en el país en 2018 y se hicieron rápidamente conocidos por sus cajas de colores llamativos. Mientras que los autos de Uber y Cabify intentan pasar desapercibidos, el mejor branding para las marcas como Glovo, Rappi o PedidosYa —y, pronto, Uber Eats— está en la espalda de sus “socios” (que se llaman, dependiendo de la plataforma, “glovers” o “rappitenderos” ). Con su llegada también comenzaron nuevas discusiones sobre la falta de regulación y sobre las responsabilidades de los intermediarios tecnológicos: la creación de un sindicato ad hoc —llamado, irónicamente, APP— que busca mejores condiciones laborales expuso alguno de los problemas más urgentes de las plataformas.

“Siempre hubo un perfil de gente que quiere poder manejar sus horarios. En algunas industrias es la norma: un diseñador gráfico lo puede hacer mucho más que un chico que recién sale del secundario. La tecnología cambió el juego para muchos otros”, dice Matías Gath, responsable en el país de la española Glovo. Reconoce que la falta de reglas claras contribuye a una mayor fricción. “La innovación no está contemplada en la legislación”, dice. Desde Rappi cuentan una historia parecida: “Queremos trabajar con las autoridades para desarrollar un marco normativo pero que se ajuste al nuevo paradigma y a los desafíos de la economía colaborativa.” 

Lo cierto es que este mercado crece a un ritmo acelerado. Glovo y Rappi le quitaron 50 por ciento del marketshare a quien, hasta hace poco, era el único player del mercado, PedidosYa. Uber Eats —el segundo jugador del segmento en los Estados Unidos— planea hacer lo propio antes de fin de año, por ahora solamente en Mendoza. Ninguno se reconoce, sin embargo, como una empresa de delivery.

“Somos una empresa de tecnología. Filosóficamente somos intermediarios y no nos vemos de eso”, aclara Gath. Una respuesta parecida tuvo Otero, de Uber: “No somos una agencia de remises y no empleados a nuestros choferes de manera directa. El gobierno de la ciudad sacó una aplicación oficial de taxis, ¿entonces tenemos que decir que los taxistas son todos empleados estatales, hay que poner en la nómina a los vendedores que usan MercadoLibre también?”. 

Todos los actores  —Estado, “socios” y startups— están a la espera de una regulación que parece estar en pañales. En su sombra, distintos sectores desarrollaron su propia versión de la “Gig Economy” y encuentran en la “uberización” del trabajo un modelo que calza bien a sus necesidades austeras: más flexible, más ágil, más precario.  

Fotografía: Gustavo Fernández.

Ilustración: Mercedes Mares.



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